sabato 13 luglio 2019

Aire libre - Anahí Berneri

Lucia e Manuel sono una coppia, con un bambino.
decidono di andare a vivere fuori Buenos Aires, per una casa più grande e un giardino.
lui è l'unico che lavora, ingegnere in un'impresa edile, lei bada al bambino e al marito.
e, come capita, i due cominciano a non capirsi più, ad annoiarsi, e cercano, con sofferenza, anche, altro.
e il bambino li riunirà, chissà per quanto.
un film che fa soffrire, lo spettatore vede tutto, loro due no - Ismaele









Aire libre es la película más luminosa y compleja de Anahí Berneri. Su mérito está en construir desde la transparencia una descomposición, en mostrar el deterioro de una relación a medida que la narración progresa. Berneri avanza retrocediendo, y en ese proceso que supone el devenir de una pareja, nos muestra simultáneamente las bifurcaciones de la historia.

Cuando termina Aire libre uno vuelve a respirar. Es más, como si Berneri supiera (que, claro está, lo sabe) que estamos conteniendo el aliento desde hace casi dos horas, termina la película con el título impreso sobre fondo de paisaje de hojas verdes (plano de la entrada de la casa en construcción, mucho aire, mucha luz). Así, ver los caracteres que forman las palabras AIRE LIBRE en ese momento es, para quien estuvo prendido a las vidas de esos dos personajes hasta ese momento, un permiso para volver a respirar.
Entonces uno sale del cine y respira. Berneri trasciende el límite temporal de la película y nos acompaña un rato más, mientras soltamos un poco de todo ese aire que estuvimos conteniendo. Ese aire contaminado, lleno de tensión y rispideces, que se mete en la estructura de sus personajes hasta hacerse piel con ellos. Una asfixia tan tangible que es imposible de esquivar.
Lucía (Celeste Cid, en la plenitud de su fotogenia) y Manuel (un Leonardo Sbaraglia corrido de sus papeles habituales, vulnerable y desarmado) son un matrimonio de muchos años, que está en crisis. Una crisis que no se nombra pero que estalla en sus cuerpos, en esa confianza cansina con la que se rechazan sexualmente, en sus conversaciones a medias, su falta de ternura y en la dolorosa ausencia de risas cómplices, esas que son capaces de unir a las parejas más frías y distantes.
Sin embargo, a pesar de lo evidente de este resquebrajamiento, Lucía y Manuel planean mudarse con su hijo Santiago, de 8 años, a un lugar más tranquilo, donde se pueda respirar mejor y entre más luz. Para eso deciden refaccionar una casa completamente derruida. Una casa que puede adivinarse esplendorosa en su pasado pero que hoy puede ofrecer sólo escombros. Como la pareja, la casa parece tener un pasado claro, un presente bastante evidente y un futuro aún por construir. Todo depende de ellos. Construir o soltar. La casa y la pareja.
Entonces, estos dos que no hablan de lo mustio de su pareja, sí hablan de lo podrido de las vigas; no son capaces de ver la grieta que se está abriendo entre ellos, pero hacen planes para tirar paredes que dejen entrar el sol. La crisis de pareja los deja solos consigo mismos, enfrentados a su individualidad, quizás olvidada por tantos años de pensar la vida en dúo…

Aire libre fue una de las propuestas más infravaloradas de la sección oficial del último Festival de San Sebastián. El film cuenta el deterioro de una pareja que no consigue lidiar con sus quehaceres ordinarios cuando las obras de su nueva vivienda se alargan más de lo previsto. En el film de Beneri, la pérdida de la casa hace tambalear el hogar que los protagonistas pretendían construir: la película va más allá de lo meramente material para convertirse en una metáfora de esa estabilidad que se ha esfumado y que unos y otros intentan encontrar mediante mecanismos insospechados, algunos incluso nocivos. Lo mejor de Aire libre reside en su descripción del desencanto: en todos los planos suceden varias acciones a la vez, se amontonan varias conversaciones al mismo tiempo y el espectador se ve obligado a contemplar las escenas del film como lienzos caóticos en los que no se vislumbra nada pero que al mismo tiempo encierran el drama de los protagonistas. Aire libre, por todo ello, tiene el efecto de una experiencia claustrofóbica y consigue que sintamos en nuestras carnes el desasosiego, la presión y el estrés de los personajes de Sbaraglia y Cid. Sensaciones, claro está, que distan de ser agradables y que pueden crispar los ánimos de la audiencia. Pero ello no deja de corroborar la eficacia de la propuesta, su condición de cuento familiar repleto de veneno que deja al espectador sin oxígeno y sin asideros. Por este motivo, los abucheos que recibió en Donostia son, indirectamente, una muestra de la fuerza del film…

Para Sbaraglia, es "una agresividad con una gama de colores no muy fuerte, sutil, de expresión austera, y ese era el desafío, encontrar en esa paleta las expresiones internas".
"Tanto Celeste Cid (la coprotagonista) como yo nos arrojamos y nos entregamos a la mirada de Anahí, que me parece una de las directoras más importantes de Argentina, y ahí pusimos las fichas, como decimos allí, en esa búsqueda de sentimientos tan difícil de contar", ha señalado el actor, quien ha reconocido que "entiende" que la película "incomode al espectador".
"Lo incomoda, lo cuestiona. En Argentina tuvo muy buenas críticas, pero toda la gente de mi entorno que la vio salía incomodada. Es una película que perturba, un tipo de cinematografía que pone en situación difícil al espectador, sobre todo al que podría tener una relación parecida, a cualquier pareja que lo intentó o lo sigue intentando", ha señalado.
Junto a la relación de pareja, está la relación con el niño: "En medio de la lucha por el amor, con el dolor uno se olvida de los hijos, y son los que menos se pueden perder de vista, los más importantes, porque son los más débiles", apunta Sbaraglia.
Berneri ha añadido que la casa en construcción con la que sueñan es otro protagonista más, "una metáfora de la construcción de la familia".

Aire libre es una película de amor. O de cómo el amor perdura, o de cómo se desgasta, o de cómo es revivirlo cuando parece morir, o de los esfuerzos que se hacen para mantenerlo. Pero la película es mucho más que eso. Anahí Berneri trabaja como nadie en el cine argentino el tema de los cuerpos. Así que reformulo lo dicho inicialmente: Aire libre es una película que muestra el modo en que los cuerpos transitan el amor. La elección de Leonardo Sbaraglia y Celeste Cid está en consonancia con esta idea, ambos bellos, ambos lindos, casi perfectos, sex-symbols devenidos cuarentones, son esa perfección imperfecta que hace que los cuerpos maduren con sutileza, una pancita por acá, unas tetitas por acá, unas canas un poco más arriba. Aire libre es una película de cuerpos que transitan, que recorren, que se mueven, que se dejan y que luchan, que se abandonan y se levantan, que se desnudan, que pelean. Esas peleas se hacen cuerpo, no palabras, no discursos, no discusiones. Peleas que explotan en roturas de cosas materiales, que es lo que se puede ver (azulejos, vigas, maderas, tazones, platos) y a la vez aparece la pelea interior, aquella que se vislumbra en los gestos, en los manotazos, en el movimiento, en el cansancio de él y sobre todo en la energía de ella. Hay algo del gran Cassavetes acá y que Berneri retoma siempre (en Por tu culpa pasaba algo similar) y es la energía femenina; su fuerza es arrolladora. El personaje de Celeste Cid limpia la pileta, da mazazo y mazazo a la pared, desarma la casa para la mudanza, desmaleza el jardín. Su cuerpo es intempestivo, es joven todavía, es pura energía, recorre el cuadro de la pantalla de punta a punta, y tiene en sus genes a la joven Gena Rowlands de Torrentes de amor, esa que junta y rejunta sus valijas, que las lleva y las trae por impulso, a pura voluntad, como si su cuerpo y sus maletas fueran la misma cosa…



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